Castillo de Culla. En el siglo XIX, fruto de la guerra carlista de los siete años, fue destruido y arrasado, quedando básicamente la imagen actual de la localidad. Destacan la Torre de Frare Pere y la la puerta de entrada a la Barbacana del Castillo, con los escudos de armas de la Orden de Montesa.Foto: Pelayo2
De severo barroco, iniciada a finales del siglo XVII para sustituir al primitivo templo gótico del siglo XIII, consta de tres naves sin crucero y capillas laterales, con bóvedas de medio cañón con lunetos. En su sobria fachada de piedra destaca la portada de dos cuerpos con pilastras adosadas y escultura de la Asunción de Ntra. Señora. El templo conserva un considerable número de piezas de orfebrería, ornamentos y restos de altares y el retablo de la Virgen de la Esperanza, bella muestra del gótico internacional, procedente de la ermita de esta devoción.Foto:pelayo2
Declarado Monumento Histórico Artístico Nacional. A finales del siglo XVI, junto a la primitiva ermita, comienza a levantarse la hospedería ampliada en el siglo XVIII por dos alas portificadas a los lados. La hospedería se articula alrededor de un patio central porticado (con salida al prado por portada de medio punto), con destacado alero trabajado en piedra, y desde el cual se accede tanto al templo como a la cocina, chimenea y antiguas cuadras.Foto:Pelayo2
Desaparecida la vid, el almendro y el olivo constituyen las bases de la agricultura de la villa. Escogidas variedades de árboles frutales y cuidados productos de las pequeñas huertas regadas con agua de noria, completan la oferta agrícola de Albocácer.Foto:Pelayo2
Aparte de los antecedentes que presentan los frecuentes restos arqueológicos de tiempos prehistóricos, ibéricos, romanos y árabes, la villa de Albocácer nace como tal a partir de la carta puebla otorgada por Don Blasco de Alagón, lugarteniente del rey Don Jaime I, en 25 de enero de 1239, a Juan de Brusca y treinta pobladores más que se regían por los fueros de Aragón.