A finales de siglo se dejan sentir ciertos indicios de recuperación económica. El siglo XVIII iba a ser para Requena una floreciente etapa de prosperidad, gracias al desarrollo de la industria sedera y la ampliación de la superficie cultivada mejorándose y ampliándose los regadíos. Requena llegó a tener 800 telares convirtiéndose en el cuarto centro sedero de España, manufacturando la materia prima traída desde Valencia para luego se exportada a América.Foto:Ovsanchez
El carácter de la ciudad fronteriza, aduana de Castilla, hizo de Requena un enclave estratégico y de notable auge comercial. En 1257 Requena recibía la Carta Puebla de la mano de Alfonso C y en 1264 la concesión de Puerto Seco y Almojarifazgo, por lo cual tanto por el ganado, la lana y el trigo que pasaba de Castilla a Aragón y viceversa se pagaba una serie de tributos en Requena. Por todo ello, Requena fue motivo de no pocas contiendas entre aragoneses y castellanos por conseguir su posesión, sufriendo durante la Baja Edad Media un continuo acoso por ambos frentes.Foto: Pelayo2
Requena son llanos, vega frondosa y escarpadas sierras de pinares entre los valles de nuestros ríos: caudaloso el Cabriel en Casas del Río con su antigua noria; tranquilo y serpenteante el Magro en San Blas o la Canaleja. Foto:Pelayo2
En donde hoy se abren sus amplias avenidas, con toda clase de servicios por un moderno callejero, en el que destacan el Monumento Universal a la Vendimia, la Plaza de Toros o el Teatro Principal. Requena es cultura recogida en sus museos. Instalaciones públicas y privadas dedicadas a conservar y divulgar la memoria de iberos y romanos, los trabajos tradicionales de la viña o la molinería y todas las particularidades e idiosincrasia local y comarcal. Foto
Requena, que hunde sus orígenes en la prehistoria, toma su nombre del árabe Rakkana y fue plaza fuerte, enclave estratégico, durante toda la edad media. De ahí sus torres y castillo, su situación elevada sobre el valle del Magro, sus puertas angostas y en cuesta. De su importancia en esta época nos hablan las casonas blasonadas, como el Palacio del Cid, y las brillantes iglesias góticas de Sta. María, San Nicolas y el Salvador en el barrio de la Villa. Foto